julio 29, 2013

Entre desplazados y refugiados, la tragedia siria

Salam Kawakibi – Afkar / Ideas 38 – /07/2013

Miles de civiles se han refugiado en Turquía, Jordania, Líbano e Irak. La implicación de Occidente es indispensable para evitar que haya repercusiones en la seguridad.

Desde 2010, varios dictadores árabes han asistido impotentes a la desaparición de su poder absoluto con el estallido de procesos revolucionarios en sus países. El poder sirio ha construido su “legitimidad” apropiándose del conflicto con Israel e instrumentalizando a las minorías confiadas gracias a un poder fuerte. Así, ha implantado una cultura del miedo en la sociedad traumatizada por una sucesión de comportamientos represivos.

Tras el estallido de los movimientos de oposición en Túnez, el poder sirio no vio ningún peligro. Tampoco se percató de que la ola avanzaba con paso firme al calor de una economía renqueante, una corrupción sistémica y unas libertades políticas inexistentes.

Explicaba su reticencia a iniciar unas reformas políticas por la situación regional y las amenazas exteriores. Bashar al Assad declaraba incluso que su país estaba “a resguardo de los disturbios”, porque el poder estaba “cerca de su pueblo”. Además, el régimen hablaba de los progresos económicos realizados presentando cifras infundadas.

El 18 de marzo de 2011, con el agravamiento de la situación en el sur del país, la oposición pidió a las autoridades que asumiesen “sus responsabilidades (…) y que adoptasen una postura audaz y sabia con respecto a la cuestión de la transición democrática (…) y eso a través de un diálogo nacional (…)”. La respuesta del régimen no tardó en llegar mediante la violencia al acusar a los rebeldes de estar manipulados por el extranjero.

La gestión represiva de la crisis dio lugar, cinco meses después de empezar, a la aparición de una opción armada que se nutrió, primero, de las numerosas deserciones que se produjeron en el seno del ejército sirio implicado en la matanza. Las unidades de la resistencia armada se vieron reforzadas a continuación por miles de civiles que tomaron las armas.

La represión armada de las protestas pacíficas y la militarización de la resistencia contribuyeron al éxodo masivo tanto en el interior como en el exterior del país. Los primeros desplazados proceden de las regiones más afectadas por los bombardeos masivos y las incursiones sangrientas de las fuerzas del régimen. Así, millones de personas se vieron obligadas a desplazarse de un barrio a otro, de un pueblo a otro o de una ciudad a otra.

De esta manera, miles de civiles se refugiaron en Turquía, en Jordania, en Líbano y en Irak en un primer momento. También se observó un éxodo hacia los países europeos más próximos.

En Líbano, las tensiones sirias han tenido repercusiones en la sociedad libanesa entre los seguidores y los detractores de Al Assad. Tensiones que aumentan con la inestabilidad de las alianzas políticas libanesas y el impacto económico, social y en materia de seguridad del conflicto sirio en la escena libanesa. La presencia de los refugiados constituye un desafío en materia de seguridad porque las milicias cercanas al régimen sirio tratan de intimidar, o incluso de aterrorizar, a los refugiados, especialmente a los que se muestran políticamente activos.

Numerosos refugiados se encuentran en una situación precaria, sin recursos financieros o con muy pocos. Líbano, que oficialmente pretende adoptar una postura neutral, se niega a establecer campos de refugiados y tiende a veces a expulsar a ciudadanos sirios a Siria, lo que no deja de provocar la indignación de las ONG.

Se observa un arranque de solidaridad, que también adquiere una dimensión comunitaria. El riesgo de que se instrumentalice esta crisis humanitaria sigue palpable en Líbano. Hay aproximadamente un millón de refugiados, incluidos los trabajadores inmigrantes, que representan una cuarta parte de la población del país. Esto alarma tanto a las autoridades como a la sociedad civil por sus consecuencias para la vivienda, los precios de los productos alimentarios y las infraestructuras sanitarias y educativas.

A diferencia de Líbano, Jordania –donde se calcula que en mayo de 2013 el número de refugiados, que no deja de aumentar, es de 500.000, y donde es posible que se incremente hasta los 1,2 millones a finales de año si el flujo se mantiene como prevé el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados– ha establecido campamentos en el desierto. Las condiciones de vida son deplorables, aunque estos últimos meses han mejorado. Sin embargo, la capacidad de acogida es reducida, y el país ya no puede prestar la ayuda apropiada a los refugiados. La crisis económica y la inestabilidad política desempeñan un papel negativo en la visión con la que se gestiona la cuestión humanitaria. Eso no deja de provocar tensiones internas en el país, hasta tal punto que el primer ministro, Abdalá el Ensur, declaró el 14 de abril que “la crisis siria y sus consecuencias habían alcanzado el nivel de amenaza para la seguridad nacional de Jordania”.

Como en otras partes, los ciudadanos sirios viven también diseminados por las ciudades jordanas, lo que afecta a una economía ya aquejada de problemas. Una economía asistida como esta se sirve de la situación en los campos de refugiados para solicitar ayuda. También se siente su impacto en los recursos hídricos, ya que este país sufre una grave crisis en este sector.

Por su parte, Irak, que vivió unas circunstancias parecidas en los años 2000, ejerce una política muy opaca en esta cuestión. Su apoyo político, militar y económico a las autoridades de Damasco, a petición de los dirigentes de Teherán, le obliga a mantener una actitud estricta hacia los refugiados sirios. Recordemos que Siria recibió en torno a 1,5 millones de refugiados iraquíes en los años 2000. Lo cierto es que las regiones occidentales de este país, habitadas mayoritariamente por tribus con vínculos estrechos con el este sirio, ignoran las estrictas medidas del gobierno central y expresan su solidaridad con una acogida decente de sus allegados del otro lado de las fronteras. Sin embargo, se han levantado campos en la región kurda donde se acoge a sirios kurdos, pero también a una minoría de sirios árabes.

En Turquía, los refugiados, cuyo número se calcula en más de 400.000, son acogidos principalmente en las provincias de Hatay, Gaziantep, Kilis y Urfa. El gobierno turco parece asumir la responsabilidad de la asistencia, el refugio y la protección de los refugiados en los campos. Los puestos fronterizos suelen estar muy controlados por Ankara, que parece querer llamar la atención sobre el hecho de que ha alcanzado su umbral de tolerancia. Cuando se producen cierres repentinos, los sirios se encuentran bloqueados en la frontera. Turquía reivindica, con firmeza, la creación de una zona de contención para poder colocar a los refugiados en un territorio sirio protegido.

La situación en la escena interna se complica cada vez más para el gobierno turco. La xenofobia, que esconde un sentimiento comunitario, rechaza la presencia de los refugiados en la región de Hatay, habitada principalmente por los alevíes. Estos últimos acusan incluso al gobierno central de querer cambiar la composición demográfica implantando unos “suníes/sirios en su casa”. Resultaba chocante comprobar que durante las manifestaciones contrarias a la política de acogida defendida por el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) se yuxtaponían tres retratos: el de Alí, el primo del profeta, el de Kemal Atatürk y el de Bashar al Assad.

Las cifras para establecer el número de refugiados en los diferentes países varían. Los organismos de la ONU o las organizaciones humanitarias solo hablan de los refugiados registrados en sus servicios. Sin embargo, decenas de miles de ellos no realizan este trámite. Si las organizaciones de la ONU mencionan unas cifras, se debe fundamentalmente al establecimiento de campos bajo su autoridad o visitados por sus representantes. En cambio, otras organizaciones caritativas incrementan los cálculos, como hace Cáritas en el caso libanés.

¿Qué destino les espera a los desplazados y a los refugiados?
Paralelamente al asunto de los refugiados en los diferentes países, la situación de los desplazados afecta a casi todo el territorio sirio. La mayoría de estos desplazados en el interior de Siria se encuentran hoy en las regiones de Damasco, Alepo, Homs, Deir el  Zor e Idlib. Las cifras aumentan progresivamente y podemos hablar de al menos seis millones en el conjunto del territorio (de una población de 23 millones de habitantes).

En la situación actual de extrema violencia contra la población civil, cuyo objetivo es la destrucción de las casas y que afecta a las provisiones de alimentos y de agua que son sistemáticamente destruidas, existen hoy  tres formas de desplazamiento interior:
– familias que han podido encontrar alojamiento en casas de amigos o de familiares.
– familias que disponen de un alojamiento individual gratuito o de pago en lugares puestos a su disposición. Es frecuente encontrar a varias familias que viven juntas.
– familias cuyo alojamiento se organiza en los colegios y en los edificios públicos.

Sin embargo, es importante señalar que muchas familias han sido desplazadas varias veces.

Además de las consecuencias para la salud y la educación, que afectan específicamente a los niños, la principal consecuencia de estos desplazamientos provocados por la violencia es el desarrollo del fenómeno de la desestructuración o el de la recomposición familiar. A estas se les suma el incremento de la violencia en el seno de las familias a causa de la proximidad, de las tensiones, de las angustias y de la violencia sufrida por los adultos.

En las dos situaciones, la de los refugiados en los campos o la de los desplazados en el interior del país, los niños tienen evidentemente las mismas necesidades básicas que los adultos en materia de seguridad, de sanidad y de alimentación. Pero su caso también presenta circunstancias específicas debido a su gran vulnerabilidad. Podemos clasificar sus necesidades en cuatro tipos: médicas, alimentarias, escolares y psicológicas.

La miseria en la que se encuentran las familias de los desplazados lleva a los niños a dedicarse a la mendicidad, o bien a buscar todo tipo de pequeños trabajos. A veces ocurre que la necesidad empuja a la pequeña delincuencia y luego a la criminalidad.

El régimen, al tratar de castigar a la oposición y considerar que los desplazados forman parte de esa población que ha osado cuestionar su poder absoluto, impide que les llegue la ayuda. Ninguna ONG instalada en Siria puede distribuir ayuda sin la autorización del poder que determina en qué región y quién debe distribuirla. Las regiones elegidas no son, evidentemente, aquellas donde se encuentran los refugiados. El régimen instrumentaliza por tanto la ayuda internacional para crear clientelas a las que entregan la ayuda destinada a los refugiados.

Los observadores calculan que el 80% de la ayuda internacional (y en concreto la que transporta Cruz Roja) es desviada por la corrupción y la instrumentalización política. Se realiza a través de la dirección de la Media Luna Roja siria, cuya neutralidad deja mucho que desear. Los agentes de la Media Luna Roja siria que desean cumplir su misión se ven obligados a hacerlo de forma clandestina.

Por tanto, los desplazados no tienen ninguna confianza en los agentes de las organizaciones de ayuda apoyadas por el régimen. Las ONG occidentales que quieren ayudar de verdad a los desplazados sirios tienen que ponerse obligatoriamente en contacto con las redes informales y las asociaciones de apoyo que son las únicas que distribuyen hoy en día todas las ayudas recibidas in situ. Los socios locales fiables son los que entregan directamente las ayudas a los diversos comités de apoyo. La represión salvaje que se ejerce sobre cualquier médico que prodigue cuidados a los desplazados o que cure a heridos ha hecho que disminuya considerablemente el número de médicos disponibles para la población afectada, heridos incluidos. Y cuando hay médicos, no hay medicinas.

La vida en común impuesta por el desplazamiento y el exilio de decenas de miles de familias plantea sobre el terreno la cuestión de la convivencia entre personas que proceden de diferentes ámbitos, rural y urbano, a turkmenos, kurdos y árabes.

Por último, la realidad obliga, la vivencia de los desplazados y la gestión de la ayuda humanitaria, ponen de manifiesto unas dinámicas que también están presentes en toda la sociedad siria, y cuyas consecuencias tendrán una magnitud impredecible en el futuro: la aparición y la progresiva autonomía de la sociedad civil con respecto al poder político; la perdurabilidad de formas de solidaridad transcomunitaria en la vida cotidiana, justo cuando la tendencia a la fragmentación étnica y comunitaria, fomentada por el régimen, se manifiesta claramente; el aprendizaje de la alteridad en la vida cotidiana (de cara a la ciudadanía siria) y del concepto de espacio compartido; la reestructuración familiar y la lenta modificación de las relaciones entre hombres y mujeres; y los profundos cambios del sistema educativo a todos los niveles.

Los sirios esperaban mucho de la comunidad internacional. Su decepción es grande, tienen la sensación de que muestra una patente indiferencia. Las sociedades civiles internacionales pueden compensar el vacío dejado por la falta de decisión política. Las formas de resistencia que los sirios han podido “inventar” durante los últimos 20 meses les permitirán reforzar su resistencia frente al sufrimiento.  Es importante contar con su conciencia política y societaria para evitar sumirse en un conflicto interminable.

Varios riesgos amenazan al país e inciden considerablemente sobre los flujos de refugiados. Entre ellos hay uno muy alarmante: la guerra actual contra los civiles corre el riesgo de convertirse en una guerra civil. Después de que el poder haya desplazado todos los ingredientes, con la complicidad activa o pasiva de la “comunidad internacional”, dicho vuelco de la situación haría que el futuro se volviese más complejo y más incierto.

El segundo riesgo es una situación humanitaria catastrófica que no cesa de interpelar a la aletargada conciencia internacional. Las declaraciones y las buenas intenciones no alimentan a los hambrientos y no dan cobijo a los refugiados. Las nefastas consecuencias de dicha situación pueden tener unos efectos muy profundos en la sociedad siria, pero también en los países vecinos.

El día en que los sirios alcancen la paz, la situación económica del país llegará a un nivel catastrófico con todas las consecuencias que eso puede tener para la seguridad humana. El regreso a unas regiones devastadas será muy difícil. Un “plan Marshall” es inevitable y, sobre todo, tiene que apoyarse en la diáspora siria que ya participa en la ayuda humanitaria. Por tanto, aunque predominen los intereses y aunque las relaciones internacionales no funcionen según una lógica de caridad y de principios morales, la implicación de los países ricos es indispensable para evitar repercusiones para la seguridad en toda esta región que se encuentra a las puertas de Europa.

El 14 de mayo, tras un viaje a Jordania y Líbano, Kristalina Georgieva, comisaria europea encargada de la ayuda humanitaria, lanzaba un grito de alarma (o de desesperación): “El 66% de los refugiados son niños. No podemos dar la espalda a esta tragedia, hay que actuar ahora para evitar que se pierda una generación entera de niños sirios”.

Nadie sabe si la escucharán, y si la escuchan, nadie sabe si ya será demasiado tarde.

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